En las semanas previas a las elecciones, Javier Milei se mostró implacable en sus críticas hacia las candidaturas testimoniales, calificándolas como “un fraude moral” y “una estafa al electorado”. Desde distintos escenarios, el presidente lanzó duras advertencias contra aquellos políticos que se postulan sin intención real de asumir sus cargos, acusándolos de engañar a la ciudadanía y sostener “estructuras podridas”. En un discurso pronunciado en agosto, Milei fue tajante: “Las candidaturas testimoniales son un fraude moral” y “la política tradicional recurre a ellas para engañar a la gente. Postulan figuras que no van a asumir, solo para traccionar votos”.

Sin embargo, la realidad política del oficialismo ha dado un giro sorprendente que expone una profunda contradicción entre el discurso y la práctica. Manuel Adorni, vocero presidencial y flamante Jefe de Gabinete, fue electo legislador porteño pero decidió no asumir su banca para integrarse al gabinete nacional. En paralelo, Diego Santilli, quien reemplazó al “nacocandidato” José Luis Espert y se había presentado como un referente cercano a la renovación política, tampoco asumirá su lugar en la Cámara de Diputados, ya que fue designado Ministro del Interior por Milei.

Este doble estándar no pasa inadvertido y refleja lo que antes el propio presidente denunciaba como “el peor tipo de fraude”: ofrecer un candidato al electorado para ganar una elección y luego quitarlo del cargo para el que fue votado. En su discurso, Milei había señalado con dureza que “un candidato testimonial es una estafa al electorado” y que “en La Libertad Avanza estamos en contra de toda trampa electoral”. Hoy, esas palabras parecen quedar vacías ante la práctica política del oficialismo, que recurre a las mismas maniobras que criticaba ferozmente en el kirchnerismo.

La paradoja se agrava cuando se recuerda que Milei vinculaba estas candidaturas con un “fraude moral” y las describía como parte de “maniobras electorales” para sostener estructuras corruptas. Sin embargo, su gobierno no solo avala estas prácticas, sino que las utiliza como estrategia para mantener el equilibrio de poder interno y fortalecer su base política. Así, la “estafa moral” denunciada se convierte en la carta política del mismo espacio que la condenó.

Este episodio desnuda lo peor de la vieja política: la utilización del electorado como un medio para fines partidarios, sin respeto por el compromiso asumido con los votantes. Milei y sus candidatos, que prometieron transparencia y ruptura con las malas prácticas, terminan replicando las mismas “estafas” que juraron combatir, dejando en evidencia una hipocresía que pone en jaque la credibilidad de su proyecto y la confianza ciudadana.