El clima interno en los pasillos del poder nacional atraviesa un momento de evidente incomodidad, donde la figura de Manuel Adorni ha pasado de ser el vocero de la austeridad a convertirse en el centro de las conversaciones más ácidas entre sus propios pares. Las recientes revelaciones sobre su patrimonio, que incluyen la compra de un departamento en Caballito y una propiedad en un exclusivo country de Exaltación de la Cruz, han generado un ruido que ya no se puede disimular. A esto se suman sus constantes traslados aéreos, un tema que se ha vuelto recurrente en las charlas cotidianas de un gabinete que, al menos de cara al público, predica una filosofía de ajuste y control del gasto.

La distancia de algunos funcionarios con el actual ministro coordinador se hizo visible durante el reciente acto en Luján en honor al Papa Francisco. Varios integrantes del equipo de gobierno manifestaron, con gestos o comentarios por lo bajo, su resistencia a quedar pegados en imágenes públicas con él. Existe un temor latente a que el desgaste de su imagen termine salpicando al resto de la administración, especialmente ahora que la justicia ha puesto la lupa sobre el origen de los fondos para sus transacciones inmobiliarias y el rol de ciertos familiares en la garantía de créditos hipotecarios privados.

Esta situación ha dado lugar a un humor interno bastante cáustico. En reuniones reservadas, algunos ministros del núcleo duro mileísta no ocultan su sarcasmo al referirse al destino político de su compañero. El ingenio de pasillo ha decantado en un sobrenombre que ya circula con fuerza: «Alhorni». El juego de palabras es una alusión directa a la delicada situación procesal y política en la que se encuentra, sugiriendo que su permanencia en el cargo podría estar seriamente comprometida. Mientras el entorno de Manuel Adorni intenta minimizar el impacto de estas «cuitas judiciales», la risa contenida de sus colegas parece indicar que, para muchos, su ciclo está entrando en una fase de cuenta regresiva.