El ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, intentó llevar calma a los mercados durante su participación en el encuentro anual de FIEL, pero sus declaraciones expusieron las limitaciones financieras del Gobierno. Reconoció que la Argentina no cuenta con los dólares necesarios para afrontar los próximos vencimientos de deuda —unos 20.000 millones de dólares durante el próximo año— y deslizó que se evalúa recurrir al swap con China, al respaldo de Estados Unidos o a gestiones con bancos globales como alternativas transitorias.

El funcionario aseguró que “el escenario cambió” y relativizó la urgencia de acumular reservas, una frase que generó preocupación entre los analistas. En su explicación, planteó que “se puede separar lo financiero de lo monetario”, dejando entrever que el Gobierno podría acudir a instrumentos externos antes que fortalecer el nivel de divisas propias. Mencionó como opción la activación del swap chino —que requeriría la autorización de Beijing—, aunque el vínculo bilateral atraviesa su momento más frágil en años. La suspensión del viaje de Karina Milei a China y la paralización de las represas de Santa Cruz reforzaron esa tensión.

Caputo también sugirió que se podría apelar a un acuerdo con Washington o a un crédito con bancos internacionales, aunque ninguno de esos caminos aparece hoy habilitado. Desde el mercado, algunos operadores advierten que “mostró las llaves de todas las puertas, pero ninguna abre”. En tanto, versiones de Estados Unidos señalan que ya se utilizó una pequeña porción del swap del Tesoro norteamericano bajo un nivel de confidencialidad que preocupa al sistema financiero local.

Los números son elocuentes: el país enfrenta vencimientos por 1.500 millones de dólares antes de diciembre y más de 4.500 millones en enero, mientras las reservas netas siguen en terreno negativo —unos 11.000 millones—, al mismo nivel que al cierre de la gestión anterior. Frente al requerimiento del FMI de acumular 9.000 millones de reservas antes de fin de año, la hoja de ruta de Caputo deja en evidencia la fragilidad del esquema financiero oficial, sostenido —por ahora— más en la expectativa política que en la disponibilidad real de divisas.