El reciente cierre de Fate, una de las empresas más emblemáticas de la industria nacional con una trayectoria de ocho décadas, ha generado una profunda preocupación que trasciende la pérdida directa de sus 920 empleos. La interrupción de su producción proyecta un significativo impacto en cadena sobre un vasto entramado de proveedores y servicios, poniendo en riesgo la estabilidad laboral de miles de personas en distintos sectores. Este escenario subraya la interconexión de la economía y la vulnerabilidad de las pequeñas y medianas empresas que dependen de grandes actores industriales.
Informes técnicos y relevamientos de entidades como la Unión Industrial Argentina (UIA) destacan que la fabricación de neumáticos posee uno de los mayores multiplicadores de empleo del país, lo que implica que cada puesto de trabajo directo en la planta sostiene casi tres empleos adicionales en su cadena de valor. En este contexto, la desaparición de Fate podría comprometer aproximadamente 2.500 puestos de trabajo indirectos. Esta cifra abarca desde pymes metalúrgicas especializadas en matricería hasta empresas de logística pesada y servicios de ingeniería, muchas de las cuales basaban la totalidad de su negocio en la relación con la fabricante de neumáticos y carecen de capacidad de reconversión inmediata. «Habrá un efecto y de eso no hay dudas. Todavía no podemos determinar de cuánto será ni cuándo. Todo dependerá de la estructura de cada empresa y de cómo esté apalancado su negocio», señalaron fuentes del sector, anticipando la complejidad del panorama.
La situación crítica de la compañía no es reciente. Ya en 2019, Fate había solicitado un proceso preventivo de crisis, mecanismo que debió repetir en 2024. Durante este período, la empresa redujo su plantilla en cerca de mil empleados, lo que también afectó a sus proveedores al disminuir la demanda de insumos. La dirección de la firma atribuyó gran parte de sus dificultades a la constante entrada de productos importados, frente a los cuales no lograba competir. Al momento de su cierre, la planta operaba apenas al 30% de su capacidad instalada, produciendo 1,5 millones de unidades anuales, muy por debajo de los cinco millones que fabricaba en 2019.
Este caso se inscribe en una tendencia más amplia que afecta al sector autopartista. Juan Cantarella, presidente de la Asociación de Fabricantes Argentinos de Componentes (AFAC), indicó que «en los últimos 15 años cerraron nada menos que 58 autopartistas», reduciendo el número total de empresas a unas 420. Actualmente, si bien no se registran cierres masivos, se observa una disminución en el ritmo de producción de empresas que optan por incrementar las importaciones, lo que también repercute negativamente en el empleo. La incertidumbre se cierne sobre un segmento industrial clave, con consecuencias que se extenderán mucho más allá de las puertas de la fábrica.
