El radicalismo atraviesa una profunda crisis tras los resultados de las recientes elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires, donde perdió 149 concejales y 12 legisladores provinciales. La estrategia electoral diseñada por Miguel Fernández y Pablo Domenichini, basada en un perfil moderado y la conformación de la alianza «Somos Buenos Aires», no logró frenar el retroceso del partido. Este armado, que incluyó sectores del radicalismo, la Coalición Cívica y referentes peronistas como Florencio Randazzo y Julio Zamora, terminó debilitando la oposición y favoreciendo al oficialismo de Axel Kicillof.
La derrota fue especialmente dura en el conurbano, donde el radicalismo perdió todos sus concejales, y en distritos clave del interior bonaerense, donde 17 de los 28 intendentes radicales fueron derrotados. Incluso figuras históricas como Miguel Lunghi en Tandil quedaron relegadas a terceros puestos. La situación es tan crítica que, en las elecciones de octubre, el partido podría perder las tres bancas nacionales que pone en juego.
Internamente, el partido está dividido. Mientras Fernández y Domenichini lideran la conducción del Comité Provincia, sectores como el de Maximiliano Abad rechazaron la alianza moderada y propusieron un frente más amplio contra Kicillof. La pérdida de representación legislativa limita la influencia del radicalismo en ámbitos clave como cargos judiciales, organismos de control y negociaciones políticas, dejando al partido en una posición vulnerable frente al oficialismo provincial.
