La reciente aparición de un legislador de La Libertad Avanza al mando de un Tesla de última generación generó un fuerte cimbronazo en la interna oficialista. El vehículo, un símbolo de lujo extremo, fue visto circulando por las calles porteñas con un detalle que aumentó la indignación: no tenía puesta la patente. Si bien Javier Milei salió públicamente a desestimar las críticas bajo el argumento de que cada persona es libre de usar su patrimonio como prefiera, hacia adentro del Poder Ejecutivo la lectura es mucho más amarga. Consideran que, en un contexto de privaciones para la mayoría de la sociedad, este tipo de exhibiciones son un error político innecesario.
El malestar en los pasillos de la Casa Rosada no es por el origen de los fondos, sino por la falta de tacto en la comunicación visual del espacio. Mientras se pregona una batalla contra los privilegios, el hecho de que un representante propio se muestre con un auto de alta gama —y encima incumpliendo normas de tránsito básicas al circular sin identificación— rompe con la estética de austeridad que se intenta imponer. Los colaboradores más cercanos al mandatario temen que estas actitudes alimenten un relato de desconexión con la realidad que vive el ciudadano común.
Incluso con el aval explícito de Javier Milei, quien se mantuvo firme en su postura de no cuestionar los consumos privados de sus filas, la tensión no cede. El episodio del auto eléctrico sin chapa patente dejó expuesta una grieta entre la libertad individual que defiende el núcleo duro y la necesidad de cuidar las formas que exigen los estrategas de imagen. Por ahora, el legislador en cuestión no ha dado mayores explicaciones, pero el ruido interno que provocó su «gustito» personal sigue escalando y genera dudas sobre cómo se manejarán estos gestos de ostentación de aquí en adelante.
