La figura de Mauricio Macri atraviesa uno de sus momentos de mayor aislamiento político, intentando sostener la vigencia de una estructura que ha quedado visiblemente debilitada tras el ascenso de nuevas fuerzas. Luego de su derrota electoral en 2019 y de haber apostado por un respaldo externo a la actual administración nacional, el exmandatario se encuentra hoy al frente de un espacio que ha sufrido una sangría masiva de cuadros técnicos y dirigentes. Alrededor del 70% de su base política original optó por migrar hacia las filas de La Libertad Avanza, atraídos por la gestión directa de cargos y el protagonismo que el actual gobierno les ofrece, dejando al fundador del PRO en una posición periférica y con escaso margen de maniobra real en las decisiones de Estado.

En sus recientes apariciones, Mauricio Macri ha buscado reinterpretar esta pérdida de centralidad bajo una narrativa de complementariedad institucional. Ante la falta de espacios de relevancia otorgados por el Ejecutivo, el dirigente insiste en que su organización posee el «método» y los «equipos» que la gestión actual aún no logra consolidar por sí misma. A pesar de que su influencia se ha visto reducida a declaraciones mediáticas, el expresidente enfatizó que su fuerza «no viene a cuestionar el rumbo, viene a completarlo», intentando presentar a su disminuido partido como una pieza necesaria para el éxito de las reformas actuales. Según su visión, ellos representan «el próximo paso», una proclama que busca retener a los pocos fieles que aún no han cruzado de vereda política.

Esta insistencia por mantenerse en la escena pública ocurre en un escenario donde el sello que lidera parece más una plataforma de resistencia que una opción de poder real. Al no haber recibido el lugar de privilegio que esperaba tras apoyar la llegada de la nueva gestión, Mauricio Macri se ve obligado a recalibrar su discurso para no quedar totalmente desdibujado. Su estrategia actual se centra en reivindicar la experiencia pasada, aunque el éxodo de sus principales figuras hacia el oficialismo actual demuestre que el poder real se ha desplazado definitivamente de su órbita, dejando al PRO en una búsqueda incierta por recuperar una identidad que la nueva polarización parece haber absorbido.