La reciente apertura de sesiones ordinarias en el Congreso de la Nación se transformó en un escenario de confrontación, donde el presidente Javier Milei pronunció un discurso cargado de descalificaciones y ataques directos a la oposición y a diversos sectores. Durante casi dos horas, el mandatario interrumpió su lectura en múltiples ocasiones para lanzar epítetos y chicanas, generando un ambiente de tensión y polarización en el recinto. Este estilo combativo, que ya es una marca registrada de su gestión, se intensificó al acusar a sus adversarios de intentar desestabilizar su gobierno.
Entre las expresiones más destacadas, el presidente se refirió a la justicia social como «un robo» y tildó a quienes la defendían de «ignorantes», «manga de ladrones» y «delincuentes». En un momento particularmente álgido, aludió a la expresidenta, afirmando que «va a seguir presa por la causa de los Cuadernos, por el memorándum con Irán, por lo que hizo con Vialidad, porque es una chorra y fueron los más chorros de la historia», lo que provocó cánticos de «tobillera, tobillera» por parte de sus legisladores. Además, no dudó en atacar a legisladores específicos, como a Myriam Bregman, a quien llamó «Chilindrina troska» y le dijo: «Dale, seguí llorando, Chilindrina».
El tono agresivo se extendió a otros opositores, a quienes les espetó: «No, ustedes no pueden aplaudir porque se les escapan las manos a los bolsillos ajenos», y a Juan Grabois, a quien calificó de «oligarca disfrazado de pordiosero». También hubo críticas veladas a la vicepresidenta y acusaciones de «conspiración» contra sectores políticos, empresariales y mediáticos, a quienes responsabilizó de intentar «derrocar a este Gobierno» y de ser «enemigos de los argentinos». Este discurso, lejos de buscar consensos, reafirmó la estrategia de confrontación del gobierno, marcando una línea divisoria clara con quienes considera sus adversarios políticos.
