Axel Kicillof elevó el tono de su discurso crítico hacia la administración nacional. Esta postura, cada vez más marcada, lo posiciona como una de las principales voces disidentes y sugiere un posible interés en una futura contienda presidencial. En sus recientes apariciones públicas, el mandatario provincial ha delineado un perfil que busca contrastar directamente con las políticas impulsadas por el actual gobierno, enfatizando la defensa de un rol activo del Estado.
Kicillof ha centrado sus intervenciones en cuestionar las decisiones económicas del gobierno, estableciendo paralelismos con períodos anteriores y advirtiendo sobre sus consecuencias. En un acto reciente en Quequén, el gobernador señaló que «lo que está pasando no es producto de la casualidad. No es un error de cálculo. Son las consecuencias de determinadas políticas económicas». Además, ha puesto el foco en la pérdida de empleos y el cierre de empresas, afirmando que «se pierde un puesto de trabajo cada cuatro minutos. Se cerraron 30 empresas por día desde que llegó Milei. Son números excepcionales. Hay pocas etapas de la historia argentina en la que haya pasado esto». Su retórica busca desmantelar la narrativa oficial, comparando las promesas actuales con la «luz al final del túnel» o el «segundo semestre» de gestiones pasadas.
La intensificación de la confrontación por parte del gobernador bonaerense ocurre en un momento de debilidad para su espacio político, que ha sufrido reveses en el Congreso con la media sanción de la reforma laboral y el nuevo régimen penal juvenil. Estas derrotas legislativas han dejado en evidencia la merma de influencia del peronismo, lo que ha permitido que la figura de Kicillof emerja con mayor fuerza como el principal referente de la resistencia frente a las ideas promovidas por el partido gobernante. Su estrategia se basa en una crítica sistemática y en la promoción de un modelo de «Estado presente» que, según él, ha sostenido en la provincia de Buenos Aires desde el inicio de su mandato.
