El auge de los movimientos de extrema derecha ha sacudido a las fuerzas de centroderecha tradicionales en todo el mundo occidental, y Argentina no es la excepción. El vertiginoso ascenso de Javier Milei y La Libertad Avanza ha desafiado y fragmentado al PRO, otrora el estandarte de la centro-derecha moderada y liberal.

Figuras como Diego Santilli, Silvia Lospennato y Silvana Giudici, que encarnaban esa línea más dialoguista y respetuosa de los derechos, hoy se han plegado sin mayores reparos al proyecto mileiísta, que aboga por un discurso mucho más confrontativo y radicalizado. Esta tendencia se replica a nivel global, con el surgimiento de líderes populistas y nacionalistas que reniegan de los valores democráticos tradicionales.

Ante este panorama, el macrismo se encuentra en una encrucijada. Por un lado, Mauricio Macri intenta mantener cierta distancia y preservar una imagen más moderada, pero choca con la voracidad de Patricia Bullrich, quien se ha lanzado sin tapujos a la alianza con Milei. Esta tensión interna es sólo un reflejo de un fenómeno mayor que sacude a la centro-derecha a nivel mundial.

En ese sentido, distintos analistas han advertido sobre este huracán que desplaza a las fuerzas liberales tradicionales, ya sea por el miedo a perder votos o por un cálculo de oportunismo político. El resultado es la creciente subordinación de sectores como el macrismo a la agenda de la ultra-derecha, socavando aquellos principios que alguna vez definieron su identidad.

Más allá de las responsabilidades individuales, el derrumbe del macrismo forma parte de un fenómeno global que pone en jaque a la centro-derecha tradicional, obligándola a replantear sus posturas o bien a sucumbir ante el empuje de los discursos populistas y anti-sistema. Un desafío que, en el caso argentino, Mauricio Macri y su espacio político aún no han logrado resolver.