El debate por la desregulación de la propiedad de la tierra generó un sismo político de magnitudes impensadas dentro del oficialismo. La controversia cobró fuerza tras conocerse los detalles de la acalorada discusión virtual que mantuvieron Victoria Villarruel y Patricia Bullrich en torno al proyecto que busca eliminar los límites para la venta de campos a extranjeros. En ese intercambio, la titular del Senado acusó directamente a la jefa del bloque de querer «vender el país» y tildó de indignante la iniciativa impulsada por el Ejecutivo, mientras que la senadora se defendió argumentando que la venta libre promueve el desarrollo y que la postura de su interlocutora es «antigua» y «vetusta».
La escalada no se detuvo ahí. El presidente de la Nación irrumpió con una violencia verbal que terminó por dinamitar los puentes internos. Totalmente sacado y fiel a su estilo confrontativo, Javier Milei salió a cruzar con dureza la posición de su compañera de fórmula. Sin rodeos, el mandatario arremetió contra la postura de la titular de la Cámara alta respecto al polémico proyecto, acusándola de ser «miserable, destructiva y repetidora de la chicanería K». La virulencia de sus palabras dejó en claro que la destinataria de su furia era la propia vicepresidenta por haber osado cuestionar el rumbo económico trazado por la Casa Rosada y por haberse enfrentado directamente a la representante del bloque oficialista.
Este violento descargo presidencial no solo ratifica la intención oficial de avanzar a toda costa con la liberación de la compra de tierras, sino que expone un quiebre total en la cúpula del poder. Al tildar de kirchnerista el reclamo por la soberanía territorial de Villarruel, Milei clausuró de manera agresiva cualquier tipo de debate interno y expuso la nula tolerancia que tiene su administración hacia el disenso, incluso cuando proviene de sus propias filas. La pelea, lejos de diluirse, deja al descubierto una grieta insalvable sobre el destino del patrimonio nacional.
