El escenario para la gestión que encabeza Javier Milei ha comenzado a mostrar fisuras importantes en el termómetro de la opinión pública. Con encuestas que reflejan un desgaste acelerado y un humor social que vira hacia la negatividad debido al peso del ajuste, el oficialismo se vio obligado a recalibrar su manual de prioridades. En una maniobra que genera ruido interno en las filas libertarias —quienes ven con recelo cualquier intervención estatal—, el Gobierno decidió echar mano a una herramienta clásica del intervencionismo: el subsidio directo para contener el impacto de los servicios esenciales en el bolsillo de la población.
La medida surge como una respuesta urgente ante el encarecimiento de los costos de importación de energía y la suba del petróleo a nivel global. Para evitar que este combo se traduzca en facturas de gas impagables durante el mes de mayo, el Estado absorberá una parte sustancial del costo. De esta manera, el beneficio alcanzará a unos 4,7 millones de usuarios, cubriendo hasta el 75% del valor en los sectores de menores ingresos, mientras que para la clase media el auxilio rondará el 47%. Es una apuesta clara por dar un respiro económico que permita mejorar la percepción ciudadana sobre el rumbo del país.
Desde el sector económico del Gobierno justifican este giro argumentando que es preferible un desvío temporal en las metas fiscales antes que enfrentar un estallido en el malestar social. Luis Caputo ha tenido que gestionar esta decisión de subsidiar el precio del gas para que el salto no sea del 1000% en algunos casos, reconociendo implícitamente que el límite de tolerancia al ajuste está cerca. Aunque para el núcleo duro del espacio esta decisión se siente como una contradicción ideológica «nefasta», la realidad de los números y la necesidad de sostener la paz social terminaron imponiendo un pragmatismo que prioriza el ánimo del votante por sobre la pureza del dogma económico.
