El vínculo diplomático entre la Argentina y Brasil alcanzó su punto de mayor tensión en más de dos siglos. La decisión del Palacio de Itamaraty de recortar la representación al escalón de encargado de negocios obligó la salida del diplomático argentino Daniel Raimondi, quien debió armar las valijas para emprender su regreso al país bajo la formalidad de unos días de descanso, aunque sin un horizonte claro para retomar sus funciones en Brasilia.

Desde el Palacio San Martín, el canciller Pablo Quirno dio precisiones sobre lo ocurrido en una conferencia conjunta y calificó como «unilateral» la postura adoptada por la administración vecina. Según su versión, las autoridades del país liderado por Luiz Inácio Lula da Silva notificaron a Raimondi la reestructuración del lazo bilateral y le sugirieron que abandonara la sede diplomática. El funcionario le quitó responsabilidad a la Casa Rosada y apuntó directamente contra el mandatario brasileño, a quien recriminó viejos gestos políticos en el ámbito local y acusó de generar fricciones sin provocación previa.

El detonante formal del quiebre se dio a partir de los reiterados descalificativos que Javier Milei volcó sobre la figura del presidente de Brasil. Las expresiones más duras tuvieron lugar durante un reciente paso por San Pablo, donde el referente libertario compartió escenario con dirigentes de la oposición local. La respuesta de Brasilia fue contundente: el canciller Mauro Vieira decidió no restituir a su enviado en Buenos Aires, Julio Bitelli, argumentando que los constantes agravios cruzaron el límite de la educación institucional.

Con los puestos principales vacantes en ambas capitales, las sedes diplomáticas quedaron provisoriamente bajo la conducción de funcionarios de carrera, entre los cuales se encuentra María Emilia Cortés en la representación argentina. La crisis expone un deterioro inédito que sobrepasa las discrepancias ideológicas y paraliza los canales habituales de negociación entre los dos socios estratégicos del bloque regional.