Rusia enfrentó una amenaza real de insurrección armada por parte del grupo Wagner, cuyos combatientes marchaban hacia Moscú y ocupaban ciudades por el camino. El presidente Vladimir Putin prometió castigarlos, pero un acuerdo repentino con Belarús desactivó la crisis tan rápidamente como surgió.
A pesar del acuerdo, los expertos advierten que la situación no está completamente resuelta y que la revuelta podría tener consecuencias impredecibles.
El jefe de Wagner, Yevgeny Prigozhin, aceptó abandonar Rusia y trasladarse a Belarús el sábado, en un acuerdo mediado por el presidente bielorruso Alexander Lukashenko. Las tropas de Prigozhin se retiraron de su marcha hacia Moscú, y los combatientes de Wagner no enfrentarán acciones legales por su participación en la insurrección. En su lugar, firmarán contratos con el Ministerio de Defensa de Rusia, una medida que Prigozhin había rechazado previamente como un intento de alinear a su fuerza paramilitar.
Aunque la situación parece haberse enfriado por ahora, hay muchas incertidumbres sobre las consecuencias a largo plazo de este episodio, que representa el desafío más serio a la autoridad de Putin desde que llegó al poder en el año 2000.
Las tropas de Wagner afirmaron previamente que habían tomado instalaciones militares clave en dos ciudades rusas. Sin embargo, videos autentificados y geolocalizados por CNN mostraban a Prigozhin y sus fuerzas retirándose de una de esas ciudades, Rostov del Don. El paradero actual de Prigozhin es desconocido.
