El negocio de la carne en el país está mostrando dos realidades completamente opuestas según hacia dónde se mire. Mientras los frigoríficos locales logran colocar volúmenes históricos en las góndolas norteamericanas, las carnicerías de barrio sienten el golpe de un mostrador cada vez más frío. Los datos oficiales del sector reflejan que los despachos hacia los Estados Unidos pegaron un salto impresionante, llegando a cuadruplicarse en la comparación interanual. Esta fuerte demanda externa se convirtió en el principal motor de las empresas exportadoras, que encontraron en el norte un mercado sumamente rentable y dinámico.

La contracara de este boom exportador se vive puertas adentro, donde las familias tuvieron que cambiar drásticamente sus hábitos alimenticios debido a la pérdida del poder adquisitivo. El nivel de consumo local perforó pisos históricos y se ubicó en apenas 43,4 kilos anuales por habitante, la cifra más baja de las últimas dos décadas. La brecha entre lo que se produce para afuera y lo que queda en las mesas locales se agrandó de tal manera que hoy casi el 33% de la producción nacional se destina al comercio exterior, un porcentaje inédito para la tradición ganadera de nuestro país.

Desde el sector privado analizan este escenario con una mirada técnica sobre la macroeconomía. Miguel Schiariti aportó su visión sobre este fenómeno al señalar que «la devaluación del peso y la quita de retenciones hicieron que el mercado internacional sea mucho más atractivo para los productores, mientras que los salarios locales quedaron rezagados frente a los aumentos de la canasta básica». Las proyecciones para los próximos meses indican que, de mantenerse las condiciones actuales de competitividad cambiaria, la tendencia a mandar los cortes de calidad al exterior se va a profundizar, dejando el abastecimiento interno supeditado a lo que el bolsillo argentino pueda convalidar en el día a día.