El tablero político federal presenta una fisonomía renovada en este cierre de mayo, donde la aprobación de los mandatarios parece responder más a las gestiones locales que al ruido de la política nacional. En esta oportunidad, el podio de los dirigentes con mejor imagen está encabezado por Rolando Figueroa, quien logra en Neuquén un respaldo del 56,1%. Muy cerca, casi en un empate técnico, aparece Claudio Poggi en San Luis con un 55,7%, mientras que el tucumano Osvaldo Jaldo completa este grupo de vanguardia con un 55,1% de aceptación. Estos tres nombres consiguen distanciarse del resto, consolidando una base de apoyo social que les permite encarar el segundo trimestre del año con una espalda política considerable frente a sus ciudadanos.

En un escalón inferior, moviéndose en lo que podríamos llamar la franja media del ranking, se ubican figuras que suelen tener una exposición pública muy alta pero que hoy no logran perforar el techo de los líderes. En este sector aparecen Ignacio Torres y Maximiliano Pullaro, quienes presentan niveles de aprobación estables pero que los dejan fuera de la disputa por los primeros puestos. Este lote intermedio refleja una realidad donde la gestión se mantiene a flote en medio de un contexto económico asfixiante, aunque sin el brillo o el envión que muestran los casos de Neuquén o San Luis. Aquí también se agrupan otros mandatarios que pelean el día a día para no caer en el terreno de la desaprobación.

Por el contrario, la parte baja de la medición muestra un panorama bastante sombrío para algunos referentes de peso. El caso más crítico es el de Ricardo Quintela, quien se hunde en el fondo de la tabla con apenas un 40,3% de imagen positiva, lo que lo convierte en el dirigente con menor acompañamiento del país. El rechazo a su gestión en La Rioja es contundente y marca un contraste absoluto con la cima del ranking. En esa misma zona de peligro aparecen Axel Kicillof y Gustavo Sáenz, quienes cierran el lote de los tres peores calificados. Para ellos, el desafío inmediato parece ser frenar una erosión que amenaza con condicionar seriamente su capacidad de gobernabilidad en los meses venideros.

Sin embargo, la situación en el extremo opuesto del listado vuelve a encender las alarmas en el sur. Alberto Weretilneck no solo ocupa el último escalón en esta oportunidad, sino que su presencia en el fondo de las encuestas se ha vuelto una constante difícil de revertir. Esta tendencia negativa no es una novedad de mayo; el dirigente viene arrastrando niveles de desaprobación críticos desde hace años, ubicándose casi siempre entre los dos peores evaluados de toda la Argentina. La persistencia en el sótano de la tabla refleja un desgaste profundo que parece no encontrar un piso, dejando al mandatario rionegrino en una posición de extrema debilidad frente a sus propios representados.

Para intentar salir de este pozo de imagen negativa, Alberto Weretilneck ha puesto en marcha tácticas que buscan sintonizar con el clima de época, aunque sin éxito visible hasta ahora. Se lo ha visto tratando de subirse a iniciativas impulsadas originalmente por referentes del PRO o incluso forzando un discurso con tintes libertarios para acercarse al electorado de La Libertad Avanza. A pesar de estos intentos de «mimetizarse» con agendas ajenas para lavar su imagen, la realidad es que el vecino no parece comprar el cambio de piel. La falta de soluciones a los problemas cotidianos pesa mucho más que cualquier estrategia comunicacional, condenándolo a repetir el peor puntaje del ranking una y otra vez.