La Confederación General del Trabajo (CGT) atraviesa un periodo de desorganización sin precedentes, donde cada sindicato actúa de manera independiente, sin un liderazgo claro que los unifique. Esta fragmentación refleja una tendencia general en el sindicalismo argentino, que se aleja de las estrategias colectivas en favor de intereses individuales. La situación se complica aún más en el ámbito político, donde los sindicatos presentan diferentes apuestas para las próximas elecciones.
La falta de cohesión en la CGT se evidencia en la creciente tensión entre sus líderes, quienes enfrentan dificultades para hacer frente a las decisiones del Gobierno. En un contexto donde predomina el individualismo, los conflictos laborales son ignorados por la central obrera, que se ha mostrado distante ante situaciones críticas como las de Aerolíneas Argentinas. Mientras tanto, las obras sociales más pequeñas se encuentran al borde de la quiebra, y la CGT no interviene, lo que pone de manifiesto su falta de acción y compromiso.
El descontento entre los trabajadores es palpable, ya que muchos de ellos han optado por apoyar a figuras como Javier Milei, en lugar de a los tradicionales líderes peronistas que no han podido resolver problemas como la pérdida salarial y el aumento de la pobreza. A medida que la CGT se convierte en un conjunto de individualidades, su capacidad para influir en el ámbito político se debilita. Mientras algunos dirigentes miran hacia Axel Kicillof como una opción para las elecciones de 2027, otros comienzan a explorar alianzas con sectores radicales, lo que refleja la confusión y la falta de una estrategia clara en el sindicalismo argentino.
