En un momento de compleja situación interna para Argentina, el presidente Javier Milei generó un fuerte impacto durante su reciente visita a Nueva York al autoproclamarse «el presidente más sionista del mundo» ante una audiencia en la Universidad Yeshiva. En este foro académico, el mandatario argentino no solo recibió una ovación, sino que también se pronunció enfáticamente sobre el conflicto en Medio Oriente, asegurando que «Vamos a ganar» la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán. Esta postura, que involucra directamente a la nación sudamericana en un conflicto ajeno a su tradición diplomática, se distancia de la cultura de paz que históricamente ha caracterizado al país.

Durante su intervención, que se extendió por más de una hora, el presidente Milei reiteró su firme apoyo a la alianza entre Estados Unidos e Israel, haciendo referencia a ataques pasados: «No me caen bien Irán. Nos metieron dos bombas y tengo una alianza estratégica con EE.UU. e Israel. El mundo se salvó por un centímetro, la bala que no le pegaron a Trump». Además, anticipó la «liberación de Cuba» como un próximo hito. Estas declaraciones, cargadas de un fervor que algunos interpretan como fanatismo religioso, parecen desatender las prioridades y el sentir de una gran parte de la población argentina, que enfrenta desafíos económicos y sociales urgentes.

La visita del presidente incluyó varios encuentros con la comunidad judía neoyorquina, como la asistencia a la tumba del Rebe de Lubavitch y la próxima recepción del premio «Guerrero de la Verdad» en la gala del diario The Algemeiner. Estos gestos, sumados a su discurso, refuerzan una línea de política exterior que prioriza una identificación ideológica por encima de los intereses pragmáticos de Argentina. La decisión de suspender el traslado de la embajada argentina a Jerusalén, aunque motivada por la escalada bélica, subraya la profunda implicación del país en una disputa que lo expone a riesgos innecesarios y lo aleja de una posición de neutralidad constructiva.