El termómetro fabril vuelve a encender luces rojas en el territorio nacional tras confirmarse un nuevo revés para la actividad manufacturera, que tocó su registro más deslucido en una década. De acuerdo con las mediciones sectoriales correspondientes a septiembre, el rubro metalúrgico experimentó una retracción del 3,3% en la comparación interanual y profundizó un escenario de estancamiento que golpea de lleno al aparato productivo del país. Con este panorama, las instalaciones fabriles operaron con apenas el 40,2% de su capacidad instalada, un porcentaje que desnuda la profunda parálisis que impera en los establecimientos de distintos puntos del mapa argentino.
Los empresarios del sector advierten que la merma en la demanda interna, sumada al impacto de la competencia externa y a la postergación de proyectos de inversión, configuró un cóctel sumamente complejo para el desenvolvimiento diario de las compañías. A esto se le suma que la falta de previsibilidad económica y el encarecimiento de los costos operativos redujeron considerablemente los márgenes de ganancia, obligando a las firmas a reestructurar sus esquemas de trabajo para evitar mayores perjuicios financieros en el corto plazo.
La contracción no distingue demasiados matices geográficos y golpea con fuerza a los principales distritos industriales de la Argentina, afectando tanto a las grandes plantas como a las pequeñas y medianas empresas proveedoras de insumos. Los referentes del sector insisten en que resulta imperioso rediscutir herramientas de fomento y financiamiento que permitan sostener la dotación de personal y evitar el cierre definitivo de líneas de producción que históricamente traccionaron el desarrollo económico nacional.
