La economía estadounidense está sintiendo el golpe de un fenómeno que complica los planes de la Casa Blanca. Durante el mes de mayo, el Índice de Precios de Consumo trepó al 4,2% en su medición interanual, dejando atrás el 3,8% que se había registrado el mes previo. Esta suba se convirtió en el registro más complejo para el país en un período de tres años, traccionado de manera directa por las complicaciones globales en el mercado energético que provocó el conflicto bélico con Irán. El salto en las góndolas y en los surtidores coincide además con las proyecciones que venían manejando los analistas de Wall Street.
Por fuera del rubro alimenticio y de los combustibles, la medición conocida como inflación subyacente también mostró movimientos hacia arriba, ubicándose en un 2,9% interanual. El escenario enciende alarmas para la Reserva Federal, que debe calibrar las tasas de interés en un clima donde el bolsillo de los ciudadanos viene bastante golpeado. Para el gobierno de Donald Trump, la situación se traduce en un frente de tormenta en el plano electoral, teniendo en cuenta la cercanía de unos comicios legislativos clave donde el oficialismo se juega el control de la Cámara Alta.
El malestar social por el costo de vida se transformó en el eje del debate público norteamericano. Las dificultades para acceder a productos esenciales conviven con el coletazo de las medidas aduaneras que la actual gestión implementó a principios de 2025. En este marco, los cruces externos y la incertidumbre geopolítica mantienen en vilo la estabilización de las tarifas del gas y el petróleo, que son el motor principal de esta escalada. La gran duda entre los economistas locales pasa por saber si el fin de los combates traerá un alivio inmediato o si el problema estructural de los precios llegó para quedarse por un buen rato.
