La escena oficialista se encuentra en pleno reordenamiento de fichas y posicionamientos individuales de cara a los próximos años. Patricia Bullrich decidió trazar una línea divisoria respecto de las decisiones de armado territorial que viene ejecutando Karina Milei, enviando señales de autonomía política que repercuten de manera directa en las proyecciones para la próxima contienda presidencial. La ministra optó por cobijar bajo su ala a dirigentes que sufrieron el desplazamiento de la conducción central libertaria, abriendo canales de diálogo independientes de la estructura oficial.

En este tablero de tensiones, las miradas se posaron sobre las figuras de Mariano Campero y Luis Picat, dos legisladores nacionales que quedaron relegados de los principales eventos partidarios por disposición de la mesa chica de la Casa Rosada. Lejos de acatar este aislamiento, Bullrich validó públicamente la posición de ambos referentes al considerarlos piezas propias de su armado en las listas electorales. Esta maniobra deja al descubierto una grieta interna sobre la administración del poder territorial y el destino de las alianzas de centro-derecha, planteando una disyuntiva de cara al esquema gubernamental que se proyecta.

En paralelo, los movimientos de la funcionaria también alteraron la calma en los despachos de la Capital Federal. Durante un cruce con Jorge Macri, la dirigente dejó en claro que su foco de atención ya no está puesto en la gestión de la Ciudad de Buenos Aires. Con una definición tajante sobre su extensa trayectoria, la ministra sentenció de forma contundente: «No hice 50 años de política para terminar cambiando veredas». Acompañando esa postura, insistió ante su interlocutor con un aviso que define su ambición de máxima de cara a lo que viene: «Me queda un solo tiro y quiero jugar arriba».