La industria argentina ha culminado un período de dos años con un retroceso alarmante, posicionándose como la segunda con mayor caída a nivel mundial. Un informe reciente de la consultora Audemus revela una contracción acumulada del 7,9% entre 2024 y 2025, superada únicamente por Hungría en un universo de 56 naciones. Este declive contrasta fuertemente con la expansión observada en países vecinos como Brasil y Chile, que mostraron un crecimiento sostenido en sus sectores industriales.

El impacto de esta recesión profunda se ha traducido en una severa sangría para el tejido productivo y laboral del país. En apenas 24 meses, 2.436 empresas manufactureras cesaron sus operaciones, lo que representa la desaparición del 5% del total de firmas del sector. Esta pérdida empresarial no se atribuye a una «limpieza» de ineficiencias, sino a un colapso generalizado que afectó incluso a compañías con larga trayectoria, sucumbiendo a la combinación de una drástica caída del consumo interno, el encarecimiento de los costos en dólares y una apertura comercial sin mecanismos de protección.

La destrucción de empleo formal ha sido igualmente devastadora, con la pérdida de 72.955 puestos de trabajo registrados en la industria entre noviembre de 2023 y el mismo mes de 2025, lo que implica una reducción del 6% de la plantilla total. La utilización de la capacidad instalada industrial se desplomó a un promedio del 57,9% en 2025, el nivel más bajo de la última década fuera del período de pandemia. Sectores clave como la metalmecánica y el textil registraron sus peores niveles históricos, mientras que la industria del cuero y calzado fue la más castigada, con una caída del 16,4% en la cantidad de empresas activas.

Este panorama se agrava por la ausencia de una política industrial activa, en un momento en que otras potencias globales regresan a esquemas de protección y subsidios. La caída en las importaciones de bienes de capital e insumos intermedios, lejos de ser una señal positiva, es interpretada como un síntoma de una «crisis productiva terminal», indicando una falta de inversión y capacidad para ensamblar o producir. La pérdida de capital humano calificado, que se vuelca a la informalidad, sugiere que la reconstrucción del entramado fabril requerirá años de estabilidad e incentivos que, por el momento, no se vislumbran en la hoja de ruta oficial.