La escena política marplatense se encuentra en un punto de inflexión, marcada por la controvertida decisión del ex intendente de General Pueyrredon, Guillermo Montenegro, de asumir una banca en el Senado provincial sin renunciar a su cargo municipal. Esta maniobra, que lo mantiene como intendente con licencia, ha generado un escenario de profunda inestabilidad y cuestionamientos sobre la gobernabilidad local. Su sucesor, Agustín Neme, se encuentra en una posición sumamente precaria, con un margen de acción limitado y bajo la sombra constante de un posible regreso de Montenegro, quien podría retomar las riendas del ejecutivo en cualquier momento, desplazando a su reemplazante de forma inmediata.
Esta situación ha sido interpretada por diversos sectores como un virtual secuestro de la autonomía municipal. Neme, quien pertenece al PRO –el partido que llevó a Montenegro a la intendencia–, se ve ahora maniatado por las directrices de un intendente con licencia que ha virado hacia La Libertad Avanza, convirtiéndose en una de las voces más estridentes de la derecha argentina. La falta de poder político de Neme se hizo evidente desde sus primeros días, cuando un polémico posteo en redes sociales sobre un atentado internacional, ajeno a las preocupaciones locales, fue atribuido a órdenes del círculo íntimo de Montenegro. La reacción ciudadana, que exigía atención a problemas urgentes como el estado de las calles, forzó un cambio de estrategia comunicacional, evidenciando la fragilidad de su gestión.
La influencia de Montenegro se extiende al Concejo Deliberante, donde ha logrado consolidar un control significativo. Cuatro concejales del PRO, que responden directamente a sus órdenes, sumados a los cuatro ediles de La Libertad Avanza –espacio que Montenegro ahora representa y para el cual negoció la presidencia del cuerpo legislativo–, le otorgan el control de ocho de los nueve votos fundamentales para intentar aprobar iniciativas clave. Esta situación ha llevado a un estancamiento en la aprobación del presupuesto 2026, con el bloque libertario y los concejales leales a Montenegro sin asegurar su apoyo, dejando a Neme con un único voto propio y en una encrucijada para gestionar una ciudad que, según la percepción popular, arrastra años de abandono y desidia.
Con calles destrozadas, pobre iluminación en los barrios y falta casi absoluta de realización de trabajos que le corresponden al municipio, Montenegro basó su gestión en la apertura de comercios y a reels con un empleado municipal como protagonista, «limpiando» las calles de malvivientes, personas sin techo y trapitos. El disfrute momentáneo de la sociedad viendo a un municipal maltratando y golpeando personas ha sido suficiente para que Montenegro sobreviva a una gestión con altas tasas de inseguridad, delincuencia y abandono. Una gestión inútil que sobrevivió con un relato en redes sociales y que lejos de irse para dar lugar a una gestión que intente mejorar la vida de los vecinos, decide «secuestrar» el poder para que nada cambie.
En este complejo panorama, la única garantía de gobernabilidad para el intendente interino parece ser el radicalismo marplatense, liderado por Maximiliano Abad. A pesar de las críticas históricas sobre su pragmatismo en la búsqueda de cargos, esta fuerza política se erige hoy como el aliado más coherente y confiable para Neme, quien debe enfrentar una «oposición» interna que amenaza con desestabilizarlo y una «oposición blanda» por parte del kirchnerismo local. La ciudadanía, por su parte, no percibe la partida de Montenegro como una pérdida, y un amplio porcentaje ve en este cambio una oportunidad para mejorar la infraestructura y la seguridad, aunque la realidad política actual dificulta cualquier avance significativo.
