Bajo presión del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de Wall Street, el Gobierno tuvo que dar un giro significativo en su política cambiaria, adoptando la acumulación de reservas como prioridad. Esta decisión marca una notable marcha atrás respecto a la postura previamente defendida por el presidente Javier Milei, quien sostenía que la compra de dólares por parte del Banco Central (BCRA) era inflacionaria. La necesidad de dólares genuinos para afrontar los vencimientos de deuda externa, que ascienden a 4.500 millones de dólares en enero, ha sido el principal catalizador de este cambio de rumbo.

El FMI, al igual que JP Morgan, ha ejercido una influencia decisiva en esta modificación. El organismo multilateral, y el banco de inversión estadounidense en sintonía con el Tesoro de Estados Unidos, venían recomendando la recalibración del marco cambiario y la implementación de un programa de acumulación de reservas. La reciente licitación de deuda, que apenas generó 900 millones de dólares, evidenció las dificultades del gobierno para acceder a financiamiento externo y reforzó la necesidad de fortalecer las reservas.

A partir de enero de 2026, el techo y el piso de la banda de flotación del dólar se ajustarán mensualmente según la inflación pasada. Esto permitirá al BCRA una mayor holgura para adquirir divisas en el mercado sin que el dólar alcance su límite superior. El BCRA tiene como objetivo recomprar dólares gradualmente, apuntando a compras de hasta 10.000 millones de dólares en un escenario base, con potencial de alcanzar los 17.000 millones si la demanda de pesos aumenta. Esta estrategia, si bien busca fortalecer las reservas y estabilizar el tipo de cambio, genera preocupación entre algunos analistas, quienes advierten que indexar las bandas a la inflación pasada podría potenciar la inercia inflacionaria y que el ajuste recaería sobre los salarios, debilitando al tipo de cambio como ancla.