La manipulación digital a través de ejércitos de cuentas automatizadas, conocidas como granjas de bots, se ha consolidado como una preocupación central para la salud de las democracias modernas. Un reciente episodio en México, centrado en la supuesta «Gran Marcha del 15 de Noviembre», ilustró crudamente la magnitud de este fenómeno. Una investigación del diario Milenio reveló que casi la mitad de la conversación en línea sobre esta movilización, atribuida a la Generación Z, fue generada artificialmente por millones de bots. La campaña se originó en una cuenta de X que, tras ser reactivada con imágenes generadas por inteligencia artificial y símbolos de la cultura pop, logró acumular millones de interacciones, de las cuales un 46% provenía de estas redes automatizadas, incluso adquiridas en mercados clandestinos de países como Colombia, España y Argentina.
Estas «granjas» son sistemas que emplean programas informáticos, o bots, diseñados para ejecutar tareas repetitivas en internet, como publicar, retuitear o comentar, simulando la actividad humana a gran escala. Su objetivo es múltiple: pueden inflar artificialmente tendencias, desacreditar oponentes, generar una falsa sensación de consenso o minar la confianza en las instituciones. Existen diversos modelos operativos, desde bots puramente automatizados que funcionan con instrucciones preprogramadas y a menudo revelan su naturaleza por su actividad constante en horarios inusuales, hasta sistemas híbridos que combinan la automatización con la intervención humana para coordinar cientos de perfiles falsos, utilizando IA para generar contenido y «personalidades» digitales. Además, han surgido «tiendas de bots» que ofrecen servicios de inflado de interacciones a clientes que van desde partidos políticos hasta empresas.
El impacto de estas operaciones trasciende la esfera digital, distorsionando la percepción pública y erosionando la confianza en el debate democrático. En Argentina, por ejemplo, se han documentado intervenciones similares; una investigación de Chequeado en 2017 evidenció cómo un porcentaje significativo de tuits durante una campaña política provenía de cuentas con comportamiento sospechoso. Más recientemente, estudios académicos de la Universidad Tecnológica Nacional han confirmado el uso creciente de bots para posicionar temas en redes sociales, y las discusiones sobre «cuentas fantasma» han rodeado incluso al actual gobierno. Luis García Balcarce, abogado especializado en derechos digitales, enfatiza que «las granjas de bots son una amenaza a la integridad del espacio público digital contemporáneo», ya que crean consensos ficticios que degradan la calidad del debate y vulneran la capacidad ciudadana de acceder a información veraz.
En un panorama donde la frontera entre lo real y lo digital se desdibuja cada vez más, y donde algunos teorizan sobre una «internet muerta» dominada por máquinas, la proliferación de estas granjas de bots representa un desafío estructural para los procesos democráticos. La capacidad de actores con recursos para financiar y sostener estas operaciones a escala masiva pone en jaque la formación de opinión pública genuina, obligando a repensar la regulación y la alfabetización digital para proteger la autonomía informativa de los ciudadanos.
