Claramente, la llegada de Carlos Fernando Arroyo a la intendencia del partido de General Pueyrredon fué una situación especial o un “accidente”, como suelen decir en el mundillo político de Mar del Plata.
Pero Arroyo llegó, prometió una ciudad limpia y ordenada (no mucho mas que eso) y a pesar de su austeridad en cuanto a promesas, no pudo cumplir.
Durante su gestión se formó y creció a niveles astronómicos una feria informal de venta callejera que nunca pudo controlar, reducir y mucho menos, erradicar. Los cortes de calle en la puerta del municipio fueron algo corriente, las obras escasas y los berrinches muchos.
Al ser un personaje particular, los vecinos tomaron sus ocurrencias y actitudes como actos pintorescos o graciosos. Hasta que pasados un par de años, los marplatenses comenzaron a sospechar que los berrinches del intendente eran todo lo que podían esperar.
Prometió el gabinete político más chico de la historia, no cumplió. Prometió publicar casi en una pantalla led su sueldo, no cumplió. Anunció que lo bajaría, donaría o haría cualquier cosa que diera imagen de austeridad, pero duró sólo unos meses.
Lo esperable era que, aunque sea, el señor que llegó a la intendencia la entregue colaborando, de manera transparente y con verdadera voluntad de ayudar en la transición al futuro intendente recientemente electo. Pero hasta el momento pasó esto:
Arroyo se sacó una bonita foto saludando a Guillermo Montenegro y anunciando que se ponía a disposición con su gente para colaborar.
Al momento de concretar la primera reunión de trabajo entre ellos, mandó un mensaje una hora antes posponiendo la misma por temas de “agenda” y avisando que quien se haría cargo desde ese momento era su hijo Guillermo, a quién mencionó como una persona “brillante”.
Por alguna razón, el intendente escapó a su compromiso y puso a su hijo, que es concejal y que por lo menos hasta que recientemente fué padre, se comentaba que era más fácil encontrarlo en un conocido boliche de Playa Grande que en su despacho del Concejo Deliberante. Como edil su papel fué más que pobre o contraproducente, según afirman otros concejales que no veían la hora de que el “hijo brillante” deje su banca. A esa pobre actividad como concejal se agrega que no conoce la dinámica ni los números del ejecutivo como para coordinar la transición.
A ésta situación se suma lo que más se habla hoy en los pasillos y cafés de la ciudad poco feliz: Arroyo estaría motorizando (ya ingresaron los expedientes) el pase a planta permanente de familiares, amigos, socios políticos y “demás” en los últimos días de mandato. Estas acciones serían ilegales.
Arroyo fué uno de los intendentes bonaerenses con mayor arraigo al nepotismo. Toda su parentela llegó a acceder a distintos cargos jerárquicos en el municipio. Ahora estaría intentando asegurarles un buen porvenir metiéndolos por la ventana a la abultadísima planta permanente de un municipio que requiere casi todo su presupuesto para pagar sueldos.
Esta intentona de nombramientos e ingresos en momentos en que serían ilegales, ya que se solicitaron después del 1 de Julio, lo dejarían expuesto, si es que no dá marcha atrás, a enfrentar judicialmente denuncias con enormes chances de prosperar en su contra y además, a tener que evitar el contacto con sus vecinos por la pésima imágen que sus conductas actuales están dejando.
Por lo pronto, sus acciones ya llevaron a manifestar desde el equipo de Montenegro, que piensan llevar esta “fiesta de nombramientos” a la justicia en caso de que Arroyo no dé marcha atrás.
