El sábado 7 de noviembre de 1981, en plena dictadura militar, unas diez mil personas desafiaron el operativo de seguridad y marcharon hacia la iglesia de San Cayetano en el barrio porteño de Liniers bajo la histórica consigna de «Pan, Paz y Trabajo». La movilización, convocada por la Confederación General del Trabajo encabezada por Saúl Ubaldini, se convirtió en un punto de quiebre absoluto frente a cinco años y medio de gobierno de facto, demostrando que el miedo colectivo comenzaba a romperse en las calles argentinas. Días antes de la manifestación, la cúpula sindical había sufrido presiones y advertencias formales por parte de la Policía Federal, en un intento desesperado del régimen por frenar la protesta opositora que amenazaba con desnudar el profundo descontento popular.

La bronca de los asalariados no era infundada, ya que la gestión económica de los militares había destruido por completo el poder adquisitivo desde el golpe de Estado de 1976. Las estadísticas reflejaban una debacle insostenible: el salario real había caído hasta quedar reducido casi a la quinta parte de lo que se cobraba en 1974, mientras que la participación de los trabajadores en el ingreso nacional se derrumbó drásticamente, pasando del 49% en 1975 al 32% en noviembre de 1981. En medio de este escenario de indigencia, desempleo y salarios congelados, el sindicalismo combativo decidió articular acciones conjuntas con diversos sectores sociales y religiosos para poner en jaque las bases de la dictadura.

Horas antes de que se concretara la histórica columna de manifestantes, el referente gremial detuvo su marcha frente a una cámara de televisión para ratificar la convocatoria con un mensaje terminante dirigido a toda la ciudadanía. En aquel momento, remarcó con firmeza: “La patria convoca al pueblo. Todos aquellos que se sientan trabajadores, todos aquellos que se sientan argentinos, todos aquellos que se sientan dirigentes pueden venir. Nosotros estamos siempre con los brazos abiertos. Buscamos el alma, el sentimiento que debe tener la Confederación General del Trabajo, donde la defensa de los derechos del trabajador sea prioridad y nosotros luchamos por eso, contra la desocupación, pero nunca vamos a perder los valores reales que tiene el trabajador y el sentimiento, no solo de aglutinarse para defenderse, sino los intereses de los demás y de la patria misma”.

Pese a los intentos policiales de disolver la columna y al despliegue intimidatorio coordinado por el Ministerio del Interior, la multitud logró llegar al templo católico para consagrar una jornada de protesta inolvidable. El impacto político fue tan rotundo que obligó al propio régimen a reconocer la gravedad de la situación social, marcando el principio del fin para la junta militar que pocos meses después, tras el hito del 30 de marzo de 1982 y las crecientes movilizaciones nacionales, terminaría cediendo el poder tras la debacle institucional.