El escenario de tensión en Medio Oriente atraviesa un momento insólito donde los discursos oficiales chocan de frente. Donald Trump salió a proclamar que la diplomacia estaba lista para volver a la mesa y sostener encuentros clave destinados a encauzar el conflicto bélico que lleva cinco meses sacudiendo el mercado global. Según la versión de la Casa Blanca, la decisión de congelar un ataque militar de proporciones inéditas respondió al pedido formal de aliados en la región —como Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos— y a un pretendido acercamiento con las autoridades de la contraparte.

Sin embargo, desde el Ministerio de Asuntos Exteriores persa salieron a desmentir categóricamente cualquier canal de diálogo directo con Washington. El vocero Esmail Baghaei dejó en claro que «actualmente no hay negociaciones en curso con Estados Unidos» y precisó que los únicos intercambios diplomáticos activos se están canalizando únicamente a través de Omán. Esta desmentida pública expuso nuevamente la postura tajante de Teherán, que insiste en no caer en lo que consideran maniobras mediáticas para calmar la volatilidad financiera.

Esta sobreoferta de paz y las marchas y contramarchas se volvieron una constante en la estrategia norteamericana. Aunque en la Casa Blanca se habla de discusiones abiertas sobre el programa nuclear y la libre navegación en el estrecho de Ormuz, la contraparte sostiene que no se sentará a acordar nada de manera directa mientras persista la presión. La aparente urgencia norteamericana por frenar la escalada choca contra la indiferencia de un régimen que rechaza pactar bajo las condiciones de Washington.