El acceso a la canasta básica atraviesa una mutación alarmante en los hábitos de consumo cotidianos de las familias. La imposibilidad de hacerle frente a la compra de mercadería con el ingreso mensual impulsó un esquema de especulación financiera montado sobre la mesa de los argentinos, donde las grandes cadenas como Jumbo y los plásticos de crédito aprovechan el ahogo económico generalizado para estructurar un verdadero negocio de usura con tasas de interés brutales que rozan el 100% anual sobre artículos de primera necesidad.

La mecánica detrás de esta operatoria revela un encarecimiento desmedido que deja al descubierto el costo oculto de postergar los pagos. Por ejemplo, al financiar una compra de $559.095 en doce cuotas fijas, la suma total desembolsada termina escalando hasta los $1.038.128. Esto implica un recargo final del 86% en relación con el valor de contado, un recargo desproporcionado que no responde a un préstamo personal o a un refinanciamiento tardío de la tarjeta, sino que se cobra directamente al pasar los paquetes de fideos o los artículos de limpieza por la caja.

Este fenómeno expone una transformación profunda en las discusiones sobre la pérdida de poder adquisitivo en el país. El valor real de alimentarse ya no depende únicamente del precio etiquetado en la góndola, sino que se encuentra severamente distorsionado por la rentabilidad extraordinaria de las entidades financieras y los supermercados. Para miles de hogares que no logran cubrir el mes con sus salarios, pagar la comida en cuotas terminó convirtiéndose en una trampa de endeudamiento permanente a cambio de garantizar el plato diario.