La compra de cortes vacunos viene mostrando un freno drástico y sostenido. Los datos recopilados durante la primera mitad de 2026 confirman que el volumen destinado al abastecimiento de las mesas locales sufrió una contracción severa del 11,5% en comparación con el mismo ciclo del año previo. Esta marca ubica el registro semestral en apenas 1.019.430 toneladas, convirtiéndose en el período inicial más bajo de las últimas tres décadas para el sector ganadero interno.

Los motivos detrás de este cambio de hábitos en los mostradores se centran en el deterioro del bolsillo de los ciudadanos ante una disparidad muy marcada en los valores de las góndolas. Durante los últimos doce meses, el índice específico de carnes y derivados escaló un 45%, superando con creces la marca del 33,5% del indicador inflacionario general. Al hilar más fino, las subas más duras se dieron precisamente en las opciones bovinas, que treparon un 53,6%, mientras que alternativas directas como el pollo entero aumentaron considerablemente menos, clavando un 29,9%. El impacto se siente de lleno en el promedio por habitante, que retrocedió un 8,2% interanual para estacionarse en los 47 kilos anuales por persona.

El panorama se termina de moldear por una reorganización profunda en la distribución de la producción por parte de los establecimientos frigoríficos. Aunque la faena de cabezas cayó un 8,9% (alcanzando los 6,02 millones de animales) y la obtención global de carne retrocedió un 6,2%, las ventas al exterior hicieron el camino inverso y saltaron un 10,2%, acumulando 408,6 mil toneladas exportadas. De este modo, la porción del negocio volcada a los mercados extranjeros creció del 24,4% al 28,6% de la torta productiva, limitando los saldos disponibles en el territorio nacional y encareciendo de manera particular a los clásicos más populares de la dieta cotidiana, como la carne picada común, que lideró las subas con un 56,2%, y el asado, que se encareció un 54,3%.