La Casa Rosada busca dar vuelta la página de manera definitiva y apuesta fuerte a que el nombramiento de un nuevo vocero presidencial funcione como el respirador artificial que necesita la gestión. En el entorno del Ejecutivo nacional están convencidos de que este cambio de nombres servirá para oxigenar la comunicación oficial y, fundamentalmente, para dejar atrás el interminable escándalo que protagonizó Manuel Adorni en las últimas semanas. Con esta renovación de caras, el oficialismo intenta forzar un relanzamiento del Gobierno, desviando la atención pública de los ruidos internos y tratando de recuperar la iniciativa en la agenda diaria.
Mientras tanto, en el Congreso de la Nación se juegan las últimas cartas para contener las esquirlas del conflicto. Las autoridades del Senado volvieron a convocar a una reunión de Labor Parlamentaria con el objetivo directo de dilatar la interpelación a Manuel Adorni, un pedido que viene empujando con fuerza la oposición dura. La estrategia de los bloques aliados al Gobierno pasa por ganar tiempo y estirar los plazos formales, evitando que el funcionario saliente tenga que exponerse al recinto en medio de un clima sumamente hostil y con cuestionamientos cruzados por el manejo de su área.
Desde el núcleo duro que rodea al Presidente admiten que la situación actual requería un corte de raíz para frenar el desgaste. La expectativa está puesta en que la nueva figura del equipo de comunicación logre encauzar las conferencias de prensa habituales con un perfil técnico y sin los frentes de conflicto que signaron la etapa previa. En las próximas horas se terminará de definir el organigrama final, en un escenario donde el oficialismo necesita, de forma urgente, que el plano legislativo no termine de empantanar el relanzamiento que planificaron minuciosamente en los despachos oficiales.
