El clima interno en los despachos oficiales se volvió espeso y ya son muy pocos los que se animan a poner las manos en el fuego por la continuidad de Manuel Adorni. El funcionario, que durante un largo período se posicionó como el implacable evaluador de la conducta ajena desde su atril, se encuentra arrinconado por los duros cuestionamientos a su patrimonio. A pesar de que sus colaboradores más cercanos le advirtieron con total franqueza al jefe de Estado que la permanencia de su hombre de confianza es insostenible y que está tapando las metas macroeconómicas de la gestión, la reacción del mandatario fue de un profundo malestar y rechazo absoluto a entregar la cabeza de su colaborador.

La defensa que adoptó la mesa chica presidencial para blindar al funcionario se apoya en una polémica premisa discursiva que genera cortocircuitos incluso entre las filas aliadas: «Es un evasor, no un corrupto». Para el núcleo duro de La Libertad Avanza, esta llamativa justificación intenta marcar una línea divisoria entre los delitos contra la administración pública y los desajustes impositivos derivados de sus supuestas ganancias con criptomonedas, argumentando que se trata de un problema de índole estrictamente privada. Sin embargo, esta curiosa justificación de las finanzas personales no convence a los demás integrantes del gabinete ni mucho menos al arco opositor, que observa cómo las sucesivas rectificaciones de la declaración jurada dinamitan la credibilidad del discurso oficial.

El panorama se complica todavía más por la creciente presión externa, con un comunicado del PRO que le exigió de forma directa al Gobierno defender el programa de transformación antes que a los nombres propios. A su vez, el impacto en la opinión pública es demoledor para el funcionario: los análisis privados de interacción digital marcan que un 78,5% de las menciones ciudadanas en redes sociales exponen sentimientos de ira y rechazo absoluto hacia su figura. Mientras el bloque de ministros aguarda en silencio un paso al costado que descomprima la crisis, el mandatario se empecina en ignorar las alarmas internas y prefiere asimilar explicaciones financieras que resultan inverosímiles para la mayor parte del sistema político.