La firma aeroespacial liderada por Elon Musk dio el salto definitivo al mercado de valores mediante el Nasdaq, buscando consolidar la colocación de acciones más masiva de la que se tenga registro. En total, se pusieron a disposición del público 555 millones de títulos con un valor inicial de 135 dólares por unidad, una maniobra con la que proyectan captar unos 75.000 millones de dólares y pulverizar las marcas previas de recaudación internacional.
El desembarco en la plaza financiera llega en un momento llamativo, dado que el balance contable de la entidad arrastra saldos en rojo significativos: reportó un déficit neto de 4.900 millones de dólares a lo largo de 2025 y otros 4.300 millones durante el primer tramo de 2026. A pesar de estos números negativos, el interés de los ahorristas se mantiene firme por la proyección a largo plazo en infraestructura de inteligencia artificial, telecomunicaciones globales y los ambiciosos planes de exploración a Marte. Para financiar semejante despliegue operativo, que contempla poner en órbita 100.000 satélites de nueva generación, la inyección de capital resulta indispensable.
Como condimento particular de la operación, Elon Musk retuvo una porción dominante de acciones clase B, asegurándose el manejo total de las decisiones estratégicas y blindando su puesto en la dirección, al punto de que solo él podría desplazarse del cargo. El esquema técnico de la salida a cotización reservó un 30% de los papeles exclusivamente para pequeños inversores individuales, un porcentaje muy poco habitual en Wall Street. La jugada expone a la firma a un control regulatorio mucho más riguroso, pero el mercado asume el riesgo entendiendo el peso del fundador. En este sentido, los especialistas del sector son categóricos con la dependencia de la marca hacia su creador, sintetizando que «al fin y al cabo, Musk es SpaceX y SpaceX es Musk».
