La escalada de violencia en Medio Oriente ha tomado un giro dramático con la ejecución de lo que el mando militar israelí denomina «Operación Oscuridad Eterna». En un despliegue de fuerza sin precedentes, cerca de cincuenta aviones de combate surcaron el cielo libanés para descargar una ofensiva masiva que rompió cualquier expectativa de calma. Lo más impactante de esta maniobra fue su velocidad: en un intervalo de apenas diez minutos, se contabilizaron cien impactos directos en diversos puntos estratégicos, afectando no solo el sur y el valle de la Becá, sino también barrios densamente poblados en el corazón de Beirut.
Las cifras que dejó este breve pero feroz ataque son devastadoras. Según los reportes de los organismos de salud y socorro, al menos 254 personas perdieron la vida y más de 1.100 resultaron heridas en ese cortísimo lapso. Benjamin Netanyahu ha sostenido que la incursión fue necesaria para desarticular los centros de mando y la infraestructura logística de Hezbollah, rechazando las versiones que incluían a Líbano en un reciente acuerdo de cese al fuego mediado por Pakistán. Para el mandatario, la seguridad de su frontera norte no es negociable y la presión militar continuará pese a las críticas internacionales por el impacto en zonas civiles.
«Estamos ante el golpe más concentrado que han sufrido desde la operación de los localizadores», afirmaron fuentes de la defensa, subrayando que la intención es separar definitivamente el frente libanés de otros conflictos regionales. Mientras los hospitales en la capital libanesa se ven desbordados por la cantidad de afectados, la incertidumbre crece. La estrategia de saturación empleada busca dejar sin margen de respuesta a las milicias, pero ha dejado a miles de ciudadanos en medio de un escenario de pánico y destrucción que muchos describen como el día más letal de la guerra en lo que va del año.
