Guillermo Montenegro, el intendente de Mar del Plata, ha orquestado una maniobra éticamente reprochable. Tras prometer que renunciaría a su cargo si era electo senador provincial, ahora opta por tomarse licencia, una decisión que le permite asumir su banca en la Legislatura bonaerense sin abandonar por completo el poder en la ciudad.

Esta jugada, legal pero cuestionable, deja en una posición incómoda a su sucesor interino, Agustín Neme. Neme, a pesar de ocupar formalmente el cargo de intendente, estará inevitablemente condicionado por la figura de Montenegro, quien podrá ejercer presión desde La Plata. La amenaza implícita de que Montenegro pueda solicitar una licencia como senador y regresar a la intendencia en cualquier momento, convierte a Neme en un ejecutor de las decisiones del ex intendente, más que en un líder con autonomía propia.

La maniobra de Montenegro revela una preocupante obsesión por el poder, incluso por encima del bienestar de los ciudadanos de Mar del Plata. Su promesa inicial de renunciar, ahora incumplida, deja en evidencia una falta de compromiso con la palabra dada y un comportamiento que se asemeja a lo peor de la «casta» política, aquella que prioriza sus intereses personales sobre el servicio público.

La ciudad viene castigada por una mala gestión, con altos niveles de inseguridad, calles sin control, asfalto destrozado. Una reciente encuesta revela que los marplatenses ven la salida de Montenegro como una oportunidad, no como una pérdida. Pero los intereses personales de Montenegro frustrarían esas expectativas de mejoras en la una ciudad con una gestión que se intena sostener por la apertura de comercios de amigos pero no en gestión y cumplimiento de las funciones y roles que le competen al municipio.

Para los marplatenses, Montenegro lleva adelante una gestión muy por debajo del nivel de Gustavo Pulti, Carlos Fernando Arroyo, Aprile y Roig. La jugada del intendente deja en evidencia que a pesar de decir que tiene un rol que cumplir desde el senado y cuatro años de exorbitantes ingresos económicos, no piensa soltar las riendas del municipio, aunque ello continúe perjudicando a los vecinos. El 70% de la ciudad no comparte el cambio político de Montenegro ni quiere conducción libertaria en la ciudad.

La situación genera incertidumbre sobre el futuro de la gestión municipal. ¿Tendrá Neme la capacidad de tomar decisiones propias o se limitará a seguir las directrices de Montenegro? ¿Cómo afectará esta situación la gobernabilidad de la ciudad? Son preguntas que quedan en el aire, mientras el intendente con licencia se prepara para ejercer su influencia desde la Legislatura provincial.

En definitiva, la decisión de Montenegro de tomarse licencia en lugar de renunciar es una muestra de cómo la ambición personal puede prevalecer sobre el deber público. Una jugada que, si bien legal, deja un sabor amargo y plantea serias dudas sobre la calidad de la representación política en Mar del Plata.