En un escenario global cada vez más conmocionado por los crímenes humanitarios en Gaza y el creciente repudio internacional hacia las políticas militares del gobierno de Benjamin Netanyahu, el presidente argentino Javier Milei ha decidido sostener —e incluso profundizar— su respaldo total al Estado de Israel. Pero ¿hasta qué punto esta decisión representa la voluntad de los argentinos? ¿Y qué consecuencias puede acarrear para la posición estratégica del país en el mundo?

La cuestión no es menor ni meramente diplomática. Las decisiones unilaterales del mandatario argentino —quien ha llegado a calificar su vínculo con Israel de carácter “espiritual” y “místico”— se producen mientras países como el Reino Unido rompen relaciones comerciales con Tel Aviv, y cuando figuras como el primer ministro israelí son acusadas de genocidio en la Corte Penal Internacional tras el accionar en Gaza. El presidente argentino, sin embargo, ha optado por alinearse sin matices a uno de los gobiernos más cuestionados del presente geopolítico.

La desproporción de una representación ideológica

Según estudios demográficos actuales, la comunidad judía en Argentina —la mayor de América Latina— representa apenas entre el 0,4% y el 0,5% de la población total del país. Se estima que hay cerca de 180.000 personas judías sobre un total de más de 47 millones de habitantes. Se trata de una comunidad con larga historia, fuerte influencia cultural e institucional, pero que de ningún modo puede justificar, desde el punto de vista democrático o sociológico, una política exterior enteramente diseñada en función de los intereses de un Estado extranjero específico.

Argentina es, ante todo, un país de mayoría católica, con un creciente número de personas no creyentes o ateas, y con un arraigado compromiso histórico con los principios de neutralidad, derecho internacional humanitario y solución pacífica de los conflictos. En este contexto, la posición adoptada por Milei no sólo luce desproporcionada, sino también ajena al sentir mayoritario de la sociedad argentina.

De la ideología personal al aislamiento internacional

El alineamiento ideológico del presidente argentino con el sionismo —entendido como doctrina política del actual gobierno israelí, no como identidad judía— ha alcanzado niveles inusitados. Desde el traslado simbólico de la embajada argentina a Jerusalén, pasando por su silencio frente a las miles de muertes de civiles palestinos, hasta llegar a su utilización por parte de funcionarios israelíes como legitimador de sus acciones bélicas.

Un ejemplo elocuente: el pasado 23 de junio, el canciller israelí utilizó públicamente la frase del propio Milei, “¡Viva la libertad, carajo!”, para respaldar una ofensiva militar contra objetivos en Irán. En una época en que hasta medios conservadores como la BBC y países occidentales aliados de Israel comienzan a tomar distancia del gobierno de Netanyahu, la política exterior argentina aparece cada vez más aislada, anacrónica y peligrosamente incongruente con el escenario global.

Un espejo del pasado: el atentado a la AMIA como advertencia

Aunque no hay que caer en simplificaciones, la historia argentina ofrece un antecedente doloroso: el atentado a la AMIA en 1994, que dejó 85 muertos y más de 300 heridos. Aquel hecho trágico se produjo en un contexto en el que Argentina, bajo el gobierno de Carlos Menem, había comenzado a involucrarse activamente en Medio Oriente (incluso participando con tropas en la Guerra del Golfo), alejándose de su histórica posición de no intervención.

Hoy, nuevamente, el país aparece posicionado como actor de parte en uno de los conflictos más tensos del siglo XXI, sin que exista mandato popular o consenso nacional que justifique ese lugar. La diferencia es que esta vez las decisiones se toman no por motivos de política internacional o por alianzas estratégicas, sino por una adhesión ideológica personal del presidente a una narrativa que no es compartida por la mayoría de la población.

Una política exterior sin representatividad

El problema de fondo no es la comunidad judía argentina, que vive en paz y plenamente integrada. Tampoco se trata de cuestionar las relaciones bilaterales con Israel, que forman parte de la diplomacia argentina desde hace más de siete décadas. La alarma radica en que, por primera vez, la política exterior del país ha sido ideologizada hasta el extremo, subordinándose no al interés nacional sino a la visión personal de un presidente que confunde el Estado con sus creencias privadas.

En tiempos donde la neutralidad, la prudencia y el compromiso con el derecho internacional deberían ser ejes rectores de la acción exterior, Argentina camina en dirección contraria, exponiéndose a tensiones innecesarias, a riesgos de seguridad y a un aislamiento diplomático que podría ser muy costoso.

El mundo cambia. Los aliados también. Y los pueblos que sobreviven en el concierto internacional no son aquellos que siguen ciegamente a otros, sino los que representan fielmente la voluntad de su gente. La Argentina de Milei parece haber olvidado eso.

Por Joaquín Gayone